La serpiente que se muerde la cola

A los veinte y tantos más, ya casada y con hijos pequeños y con una familia armada donde “no hay grandes motivos para que algo pudiera salir mal” me di cuenta que poco a poco la ingesta de alcohol relajaba de forma inmediata aquellos pequeños problemas cotidianos.

Todo normal hasta ese momento. Que hay de malo en tomarse una copa de vez en cuando? Hasta en las películas lo hacen. -Estoy necesitando una copa, dicen…- sin embargo algo en mi interior intuía que algo no estaba del todo bien.

Soy hija y nieta de alcohólicos. A mi abuelo no lo conocí, pero mi padre, la persona más buena y sensible solía bajar de su taller e inmediatamente se iba a dormir. ¿Qué le pasa a papá? ¿Por qué no se sienta a cenar con nosotros? Otra vez la intuición: había algo que él no podía enfrentar sobrio. Vaya uno a saber que oscuro y silencioso dolor había ahí que hacía que la vida así como se le presentaba le resultará imposible de vivir sin una copa ¿o dos o tres o cinco?

Retomando mi historia

No tarde mucho en darme cuenta que ya el alcohol no me relajaba como antes, al contrario, mi tolerancia cada vez era mayor, el efecto deseado no dependía de una copa, sino de dos tres o cinco. En mi recuerdo identifique los mismos patrones de mi padre. No tomaba por placer, tomaba por necesidad, lo que a corto plazo me relajaba, me desconectaba, a largo plazo se convirtió en pesadilla.

Había perdido la libertad de elegir. Las 24 horas del día giraban entre sentirme miserable, el impulso incontrolable, la ingesta y volver a sentirme miserable. La serpiente que se come la cola, atrapada., sin poder decidir, sin libertad.

Esa fue mi experiencia de muchos años. Ahora soy libre.

Gracias por dejarme compartir.

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